Caminaba pensativa, sin saber la razón, indefensa, inútil, inservible en la vida por esa causa. Rebuscaba en mi cabeza un porqué hasta que solo hallaba una absurda masa encefálica. Ya no sabia ni porque existía ¿cómo podía pensar si solo había carne en mi cerebro? ¿Qué era lo que me ayudaba a unir las palabras en mi mente? Solo me imaginaba un absoluto absurdo en mi cráneo y hasta las palabras me parecían sin sentido: una razón, ra-zón, r-a-z-ó-n, ¿qué era lo que me sucedía? ya no quería andar, ni moverme, ni nada. ¿Para qué? ¿Cómo era capaz de hacer físicamente todo lo que hacía? Ya no podía resistirlo: necesitaba huir, escapar, pero ¿cómo? ¿A dónde? Quería gritar, sentarme en el suelo y gritar acurrucada en un rincón. Quería romperlo todo, me hubiese gustado tener una fuerza sobre humana en ese momento, y, en realidad, la tenía escondida en mi interior.
Rompí la botella de cerveza que tenia en las manos dispuesta a acabar con mi absurda vida, pero la muerte también estaba vacía. Tenía miedo a que la muerte fuera un espejo de la vida, o peor aun, que no existiera.
Sentada en el frió suelo, escondida en la oscuridad de la noche, vi una luz. Una mano, un brazo, un amigo que me abrazaba, que me besaba, que me protegía de ese vacío; me apretaba contra él, y así, sin palabras, mi mente recobró cualquier significado, mi corazón se lleno de esperanzas, volvió a soñar, a vivir. Por un instante todo era como siempre lo había planeado. La curiosidad me llamaba desde cada partícula de la atmósfera que nos rodeaba. Pero solo fue un instante, la decepción es inevitable, y yo estaba realmente decepcionada y desilusionada con él. En aquél momento pensé en que el silencio era la música que amainaba a las fieras. Lo sigo pensando. No se si estaba equivocada, ahora empiezo a pensar en que si, en que lo rechacé solo por mi cobardía, porque sabia que si seguía el me descubriría tal y como soy, y eso me aterraba. Me aterraba tener que volver a nacer cada día con una mascara nueva para él, solo para él. Me aterraba pensar en que nunca había soñado con él pero que era lo que en realidad necesitaba. No quise su ayuda y ahora la necesito más que nunca. Soy una estúpida, ¿lo ves? ¿Por qué no aceptar la felicidad que alguien me ofrece? Simplemente porque no es así en mi sueño.
Virginia Bilbao/ imagen:george segal. habitación de un motel en 1967